Las letras y la imaginación nunca mueren.
“Hay libros, autores a los
que uno se ve obligado a
regresar siempre, porque
su
vigencia no decae,
porque su lección es
siempre oportuna, porque
su ejemplo no pierde
validez.”
Entre “Blanca Nieves” y recetas de cocina da
vueltas la niña inquieta; la deja atónita la modelo impecable que con polvo
mágico hace realidad panes y platillos especiales. Busca más. Voltea la página
y un galante médico receta la aspirina como el remedio a todos los males; al
fondo, el tocadiscos repite una y otra vez que el ratón vaquero sacó su pistola
y que el comal le dijo a la olla.
Toca
el turno a la tenebrosa voz de la malvada madrastra de Blanca Nieves de quien
no comprende cómo pudo pasar de una tierna voz a una chillante y espeluznante
que ofrece una manzana. Toma el cuento una y otra vez, le da rostro a esa voz
chillante, “en el cuento no se ve tan fea”, se dice, “pero su voz es horrenda”,
repite.
Entre libros y revistas de medicina, cocina y costura de la abuela se
mezclan los cuentos de hadas y resultan el inicio de una vida ligada a las
letras, ya sea por afición, ya sea por aflicción.
Aflicción por tratar de contener el amor y la locura adolescente en un
poema o afición solo por meterse a la vida de otro, soñar ser otro, buscar ser
otro.
En
la secundaria la aflicción se mezcló a la pasión de leer por el zapatismo, al
Sub Marcos, de la desigualdad en Chiapas, de saber porqué estamos como estamos.
La
preparatoria la recibió con la pasión desbordada de Ana Karenina, con las
mágicas mariposas amarillas de García Márquez y ese eterno buscar de Macondo.
Y
cuando la conciencia llega, el mundo azota y el ser adulto es la única opción,
Romeo y Julieta y los amores eternos, la fantasía de Verne y el futurismo de
Orwell, resultaron la mejor manera de acompañar a las interminables páginas de
Marketing, comunicación y el interminable acoso de “vende, crece, vende,
comunica y que todo lo que comuniques, venda.” Vende una idea, una ideología,
un producto, pero vende.
Miles de páginas después, ya no está el tocadiscos, pero sí el recuerdo
de las hojas porosas de los libros sagrados de la abuela y la voz chillante de
aquella madrastra que hoy es el símbolo que la imaginación y las letras nunca mueren.
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